La dificultad de ser profesional

Un plátano pegado con cinta adhesiva sobre una pared blanca se vendió en 2019 por 120.000 dólares. Ocurría esto durante la muestra Art Basel de Miami Beach en 2019. El debate sobre qué es arte, y qué no lo es, se ha planteado muchas veces. También se ha abierto el debate sobre cuánto debe costar una obra de arte. Pero pocas son las ocasiones en las que se tienen en cuenta la dificultad que entraña ser un artista profesional. No uno famoso, ni uno rico. Simplemente, uno que vive de su creación.

Dar el salto para convertirse en profesional del arte no es una tarea sencilla. Como en todas las profesiones, es necesario el talento, el esfuerzo y el sacrificio. Claro que, sin una base económica estable, todos los intentos se volverán mucho más complicados. Las ganas y la motivación se van esfumando cuando el artista recorre un camino lleno de baches, como un segundo trabajo que aporte un flujo constante de dinero; la alta cuota de autónomos o la falta de ayuda institucional.

El trabajo artístico supone una realidad económica que pocas veces se contempla en su totalidad. La situación económica de los artistas es en muchas ocasiones precaria y dura. Si no legalizan su situación como autónomos, no pueden vender sus piezas. No pueden vender sus piezas porque no pueden pagar su cuota de autónomos. ¿Cuándo es buen momento para ese punto de inflexión? ¿Cuándo arriesgarse a dar el salto profesional?

El artista Maurizio Cattelan, pudo colocar el plátano pegado con cinta adhesiva en la pared del Miami Art Basel, porque previamente desembolsó la gran cantidad de dinero que hace falta para entrar en estos circuitos de arte. No hace falta entrar a valorar si ese plátano era o no arte. Este artista consiguió vender su controvertida obra. Pero muchos otros no tienen la estabilidad necesaria ni para empezar, ni para lanzar su carrera. No hay una respuesta única y válida a las preguntas formuladas. Como tampoco hay una solución que se ajuste a la realidad de todo el conjunto de creadores y creadoras de arte. Pero sí existe la opción (y la necesidad) de abrir el debate de la precariedad laboral en el arte (y como no, dentro de otras profesiones). Por cierto, la pieza del plátano se llamaba “El Comediante”. Menuda la gracia.

«La Justicia» de Belén Segarra – Arista

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